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En el XIX, se produjo su
florecimiento: los complejos balnearios se modernizaron y
nacieron nuevos métodos curativos. Ya bien entrado el
siglo XX, lo que era el privilegio de las capas
privilegiadas se convirtió en un derecho de las masas
trabajadoras, lo que permitió a todas las fábricas y
sindicatos disfrutar de tres semanas de vacaciones anuales
en una pensión balnearia.
Al oeste de la región de Bohemia, cerca de la frontera con
Alemania (lo que explica la importante afluencia de
visitantes de este país), se concentran los más
importantes centros balnearios checos y, por extensión, de
Centroeuropa —no por casualidad la Universidad de Praga
fue la pionera en enseñar técnicas curativas a través del
agua—. El más renombrado fuera de sus fronteras es Karlovy
Vary, levantado en un estrecho valle a orillas del río
Teplá. De pequeñas dimensiones, la vida aquí se concentra
en torno a la Galería del Molino, una columnata corintia
del siglo XIX y en los alrededores de Trziste, la plaza
del Mercado.
Conocido también con el nombre alemán de Karlsbad (Termas
de Carlos), Karlovy Vary ofrece doce manantiales de aguas
calientes, uno de agua fría y fuentes de gas natural.
Paradojas de la vida, la fuente más antigua y caliente de
la ciudad brota en el interior de una moderna columnata
con amplios ventanales, Vrídelní Kolonáda, con un géiser
que lanza agua caliente a más de doce metros de altura.
Cerca de allí se levanta una de las galerías más bonitas,
la de Stará: construida en madera, en su interior brota de
una fuente el manantial (pramen) sobre el que hoy, tal
como entonces, se inclina la gente a rellenar sus jarritas
de porcelana —de todos los colores y tamaños, estos
recipientes tienen una forma peculiar que permite que el
agua se enfríe antes de beberla. Se pueden comprar en
cualquier rincón de la ciudad—. Este pequeño gesto se
repite innumerables veces a lo largo del día, pues es
necesario beber siete litros de agua (durante al menos
tres semanas), para que se observen sus beneficios en el
organismo.
AGUA VIVA. Según cuenta la historia, fue el
emperador Carlos IV quien descubrió, en el siglo XIV, el
primer manantial de Karlovy Vary. Así, no es de extrañar
que la historia de la ciudad haya estado desde sus
orígenes ligada a la aristocracia. De aquellos tiempos, y
pese a haber sido sometida a una estricta proletarización
durante el régimen comunista, conserva su aire ilustre y
su arquitectura noble. De los beneficios de sus aguas han
dado buena cuenta personajes destacados como Goethe,
Schiller, Chopin (en cuyo honor se celebra cada año un
Festival Internacional en la ciudad de Mariánské Lázne),
Beethoven, Wagner, Chateaubriand o el zar Pedro el Grande.
Antes de continuar narrando las excelencias de los
balnearios, hay que advertir que a los foráneos les está
vetado acceder a algunos de los hoteles-sanatorios, donde
se realizan tratamientos con baños sulfurosos o se llevan
a cabo terapias de inhalación de gas. A éstos solo pueden
acudir los checos bajo prescripción médica. A lo que sí
tendrá acceso el visitante es a las distintas aguas que
manan de las fuentes termales públicas (eso sí, los perros
y el tabaco están prohibidos en avenidas y parques del
centro). Apostados en algún café de la calle Stará (como
el Elefant, un clásico de 1715) se percibe que los checos
bien podrían acudir a este rincón de Bohemia para sanar su
memoria y su alma tanto como su cuerpo. La pesadilla de la
invasión rusa y de un injusto pasado de opresión lacera
aún hoy muchas miradas.
En Stará y también en la calle Nová, flanqueando el río,
se encuentran las tiendas de productos típicos, como el
cristal de Bohemia, la porcelana y una popular bebida por
la que, durante casi doscientos años, se ha identificado a
la ciudad: el licor de hierbas Becherovka. Antes de
marcharse de la ciudad es preceptivo hacer una visita al
Grandhotel Pupp, de estilo neobarroco, construido a
principios del siglo XVIII y convertido en todo un icono.
ENTRE NATURALEZA. Al igual que Karlovy Vary, el
resto de las estaciones balnearias irán surgiendo de entre
el verde de las hojas. Los bosques de arces, abedules,
abetos y pinos cercan el horizonte y apenas dejan intuir
la llegada a una nueva ciudad. La siguiente parada se
realiza en Mariánské Lázne o Marieband, su nombre en
alemán. Se trata de otro de los balnearios más lujosos y
frecuentados desde finales del siglo XIX en Europa. Esta
ciudad de atmósfera sosegada, de la que se dice que el
silencio es lo que cura, se levanta entre los prados y
colinas del Slavkosky Les. Con 40 fuentes termales, en el
pasado Mariánské dio alojamiento a Eduardo VII de
Inglaterra, al emperador Francisco José, Gogol o Goncarov...
La arteria principal, la avenida Hlavní, está escoltada
por coquetos hoteles-sanatorios y por un parque tras el
que se ocultan una columnata del siglo XIX —adornada con
frescos modernistas— y una fuente musical que es el
deleite de todos los checos.
En los meses de invierno reconforta tomar uno de sus
dulces más afamados, las Lazenské oplatky, obleas rellenas
de almendras, vainilla o chocolate que se toman calientes.
Eso a pie de calle, porque las pastelerías o cukrárna
dispersas por la ciudad ofrecen deliciosos dulces a cada
cual más irresistible.
Menos conocida pero no por ello menos fastuosa, la ciudad
de Frantiskovy Lázne destaca por su atmósfera belle époque
de los Habsburgo. Sus orígenes se remontan a 1460, aunque
la explotación de sus fuentes termales con fines curativos
no se produjo hasta 1793. Con más de veinte manantiales,
las grandes zonas ajardinadas entre las columnatas de agua
la convierten en un lugar idóneo para pasear y tomar el
pulso a la ciudad. La calle Národní, que constituye el
centro de la población, atraviesa las termas plinianas
(1826) y la fuente de Francisco (1831). Lo más peculiar es
quizás el Salón de las Fuentes de Glauber (Dvorana
Glauberovych pramenu), levantado en 1929 con gaviones
acristalados en los que discurre el agua termal, o los
jardines Dvórak, que cuenta con el pabellón de fuentes
termales más antiguo de Frantiskovy Lázne.
Ergo: no hace falta padecer ninguna dolencia para iniciar
la ruta de los balnearios. El agua es vida y, aquí,
además, la excusa perfecta para explorar una región única
por su combinación de arquitectura, naturaleza y sosiego.
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